Volver a la raíz.
"Root down deep, spread your wings out wide, trust in life, seek and you will rise."
Sam Garret y Mollie Mendoza (cantantes y compositores de canciones devocionales)
Sabemos que septiembre tiene un ritmo particular. No es un mes de enero, que suele venir cargado con esa exigencia de reinventarse de golpe. Septiembre es más bien una vuelta suave, tal vez más conocida: volvemos a la rutina con sus horarios y compromisos y también a menudo volvemos a la esterilla y a esta “casa” que es la práctica. Quizás por eso hemos visualizado que septiembre es, en realidad, un mes de raíces más que de brotes.
Antes de crecer hacia arriba, toda semilla crece hacia abajo, así que lo primero que hace no es buscar la luz, sino el centro de la tierra. Necesita anclarse antes de elevarse. Patañjali hablaba de dṛḍha-bhūmi, una práctica de base firme, arraigada —porque sin raíces, ninguna asana, ninguna meditación, ningún propósito de "¡este año sí!" sostiene demasiado. Un sistema superficial aguanta posiblemente una temporada, pero la primera tormenta se lo lleva fácilmente. Una práctica con raíces profundas, en cambio, se dobla con el viento sin quebrarse, y sigue evolucionando y nutriendo incluso en los meses difíciles.
Así que nos viene este recordatorio tan importante de que lo invisible sostiene lo visible, incluso fuera de la esterilla. Pensemos en cuando se tala un bosque y se pierden las raíces; la tierra que antes era sostenida empieza a deslizarse. De la misma manera, lo que hacemos diariamente en silencio —los minutos de práctica antes de que se despierte la casa, la respiración consciente en medio del caos del día, el rato de nidra que nadie ve— es lo que sostiene toda la demás estructura, aunque no se note desde fuera.
Y, además, las raíces no crecen solas. Bajo tierra, los árboles de un bosque están conectados por una red de hongos (los biólogos la llaman red micorrícica): a través de ella se avisan de plagas, se reparten nutrientes, y hasta los árboles que mueren dejan lo que les queda para alimentar a los demás. Es un sistema eficiente y es una imagen preciosa que refleja lo que pasa aquí, en Mahila: cuando una de vosotras atraviesa un momento difícil, otras la sostienen sin que nadie lo pida; cuando una florece, ese crecimiento se siente en toda la sala. Por eso tantas de vosotras habláis de este espacio como de una casa —porque una casa, en el fondo, es eso: raíces compartidas.
Como cantan Sam Garret y Mollie Mendoza, “hunde la raíz y abre grandes tus alas”: solo desde la confianza en lo que ya nos sostiene (la Vida misma) nos desplegamos para crecer.
También habrá temporadas en las que sentimos que perdimos las raíces: por un verano demasiado cargado de responsabilidades, por el cansancio, por una etapa vital que nos remueve el suelo bajo los pies. Todo pasa, y el instinto de volver —a la esterilla, al cojín, a esta comunidad— sigue ahí, esperando. A veces se tarda semanas en recuperar esa conexión, y a veces basta con sentarse un momento y recordar respirar conscientemente.
Así que para este septiembre, más que proponernos metas nuevas, os invitamos a algo más sencillo: volver. Volver a la práctica, volver a esta casa, volver a las raíces que ya tenemos —individuales y compartidas— para que desde ahí, cuando llegue el momento de crecer, lo hagamos juntas con firmeza y amor.